TIO IGNACIO2[1]

                             

Ignacio Prieto del Egido fue  escritor, ensayista y poeta español radicado en Argentina.

Nació el 12 de octubre de 1895 en Astorga, capital de la Maragatería, una comarca del antiguo Reino de León, de clima frío y tierra pobre donde se crían ovejas.

Como muchos maragatos, Prieto del Egido emigró a la Argentina en las primeras décadas del siglo XX. Se radicó allí, viviendo primero en Buenos Aires y después en varios parajes del Neuquén y Chubut, experiencias que relata en La novela de la Patagonia (1938).

En uno de esos lugares lo encontró Julio Barcos, visitador de escuelas, que lo describe como un “raro spécimen de bolichero y literato que hacía números y escribía versos alternativamente detrás del mostrador”.

Publicó también, entre otras obras, Canto de amor (1919), Nieve volada: Poemas patagónicos (1943); Bartolomé Mitre: Figura continental (1964). Colaboró con cuentos, poesías, notas y reseñas bibliográficas en la revista Claridad, el diario La Nación de Buenos Aires, en El Pensamiento Astorgano y otras publicaciones. Murió en 1966.

NOTA DE LOS EDITORES DE LA PRIMERA EDICIÓN

 

Uno de nuestros escritores nuevos más cultos y humanos. Perito mercan­til… bancario… comerciante… escritor… viajero impenitente… Prieto del Egido, repartió por igual sus días entre los números y las letras. Ha contemplado la vida desde distintos ángulos, diversos países y contrapuestas latitudes, acumulando experiencia, desarrollando su don de observación, sen­sibilizando su espíritu, templándose en la brega. Conoce a la perfección el oficio de hombre. Se graduó en la academia fecunda del sufrir. Joven por la edad, nos resultaría viejo si lo consideráramos por las esperanzas perdidas y las ilusiones muertas… “es un ya viejo —aunque por su apariencia mozo—luchador por la vida, que, al vivirla, sufrió todos sus dolores y por sufrirlos hubo de amarla”…, dijo de él Rodrigo Soriano en una semblanza. Y es que Prieto ha madurado prematuramente en el rudo batallar por la existencia, en los bruscos encontronazos con la adversidad, que le han hecho comprender los fenómenos humanos y ver el verdadero lado de las cosas, haciéndolo filósofo… Es optimista, sin embargo. Su inmellable espíritu se ha levantado las mil veces que ha caído, y ha sabido oponer a cada ilusión desvanecida, una nueva quimera que lo ha iluminado. Tiene fe. Ama la verdad, la justicia y la belleza. Cultiva el humorismo, que es la salud del alma…

Los majestuosos picachos andinos, entre los que vivió largos años, comu­nicaron a su visión amplitud de horizonte y agigantaron su alma. El primi­tivismo de aquella vida cordillerana, lo hizo gaucho. Y porfió, después, du­rante toda su vida en favor de los territorios, de los que fue uno de sus más fervorosos líderes, defendiendo sus derechos y sus grandezas. En dos libros y cinco obras de teatro, amén de conferencias y artículos innúmeros, ha expuesto las costumbres y problemas de la Patagonia, con gusto literario y clara visión política. Prepara un libro de “Cuentos neuquenianos” y abriga el propósito de dar forma a su planeada novela —verdadera novela pata­gónica—, “Indios y cristianos”. Sus obras patagónicas no son meras colec­ciones de datos, conclusiones de congresos, acumulación de estadísticas, trabajos de compilación; sino creaciones artísticas, producciones originales, de valor literario y documental.

“Hay libros hechos de libros y libros hechos de vida”, sentenció Unamuno. Los de Prieto son de los segundos. Están impregnados de vida, pre­ñados de humanidad. Le sobran episodios en su azaroso vivir y en su directa observación de la vida, para llenar páginas y formar volúmenes. No es él un autor neo sensible, de cultura exclusivamente libresca, elaborador frío de literatura aguanosa y culteranista. Prieto conoce el mundo y lo interpreta; conoce la vida y la traduce. Su tema predilecto es el del hombre.

Media docena de libros originales —algunos de los cuales ha visto agotarse—, varias conferencias y cientos de artículos y colaboraciones apa­recidas en publicaciones del país y del extranjero, forman su haber literario. Al estudio de su labor ha dedicado el meduloso escritor Juan Julián Lastra, un interesante trabajo critico que integra su libro “Impresiones literarias”.

EDITORIAL SER.

Rodolfo A. Bardelli – Alfredo M. Ghioldl

(Directores).Buenos Aires. 1938

 

 

La Nueva Novela

Portada de la primera edición española

 

La novela de la Patagonia, de carácter autobiográfico, es un importante testimonio de la vida de los pioneros entre 1915 y finales de los años 1920 en la Patagonia argentina,  en Neuquén,  en parajes desolados como Chichiguau , Sañi-co y Buta Ranquil.

Ese es el marco de las andanzas y desventuras de Germán, un joven del linaje del Quijote que aspira a la fama literaria pero debe desempeñarse como tenedor de libros y almacenero para ganarse la vida. La ignorancia, la codicia, las pasiones, la corrupción, pero también el espíritu de sacrificio, el coraje y las manos amigas tienen lugar en los encuentros con comerciantes, policías, bandoleros e indígenas en esos lugares donde “cada uno debía valerse por sus propios medios“.

Prieto del Egido, además de relatar vivencias, expone las costumbres sociales y religiosas de los araucanos. De avanzada en más de un sentido -el mismo título parece aggiornado– el autor se pone del lado de los indígenas y critica las campañas de exterminio habidas en la Patagonia, para favorecer a unos pocos. También critica los modos de la autoridad, desde la privilegiada posición de insider: como amanuense de un Juez de Paz y como socio comercial de un comisario. Desnuda las formas de parasitismo social, que terminan devorando a su personaje, y la dejadez de un gobierno que dirige los asuntos de la Patagonia desde los escritorios de Buenos Aires.

Barcos, en el prólogo, señala que esta novela descriptiva y documental “da a los argentinos una lección intuitiva de la geografía humana de la Patagonia” y que no sería una obra efímera. A la distancia mantiene toda su frescura testimonial, aunque haya caído en un injusto olvido.