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                            Portada de la primera edición argentina 

 

 

 

Prólogo de los Editores a la primera edición argentina de 1938

Uno de nuestros escritores nuevos más cultos y humanos. Perito mercan­til… bancario… comerciante… escritor… viajero impenitente… Prieto del Egido, repartió por igual sus días entre los números y las letras. Ha contemplado la vida desde distintos ángulos, diversos países y contrapuestas latitudes, acumulando experiencia, desarrollando su don de observación, sen­sibilizando su espíritu, templándose en la brega. Conoce a la perfección el oficio de hombre. Se graduó en la academia fecunda del sufrir. Joven por la edad, nos resultaría viejo si lo consideráramos por las esperanzas perdidas y las ilusiones muertas… “es un ya viejo —aunque por su apariencia mozo—luchador por la vida, que, al vivirla, sufrió todos sus dolores y por sufrirlos hubo de amarla”…, dijo de él Rodrigo Soriano en una semblanza. Y es que Prieto ha madurado prematuramente en el rudo batallar por la existencia, en los bruscos encontronazos con la adversidad, que le han hecho comprender los fenómenos humanos y ver el verdadero lado de las cosas, haciéndolo filósofo… Es optimista, sin embargo. Su inmellable espíritu se ha levantado las mil veces que ha caído, y ha sabido oponer a cada ilusión desvanecida, una nueva quimera que lo ha iluminado. Tiene fe. Ama la verdad, la justicia y la belleza. Cultiva el humorismo, que es la salud del alma…

Los majestuosos picachos andinos, entre los que vivió largos años, comu­nicaron a su visión amplitud de horizonte y agigantaron su alma. El primi­tivismo de aquella vida cordillerana, lo hizo gaucho. Y porfió, después, du­rante toda su vida en favor de los territorios, de los que fue uno de sus más fervorosos líderes, defendiendo sus derechos y sus grandezas. En dos libros y cinco obras de teatro, amén de conferencias y artículos innúmeros, ha expuesto las costumbres y problemas de la Patagonia, con gusto literario y clara visión política. Prepara un libro de “Cuentos neuquenianos” y abriga el propósito de dar forma a su planeada novela —verdadera novela pata­gónica—, “Indios y cristianos”. Sus obras patagónicas no son meras colec­ciones de datos, conclusiones de congresos, acumulación de estadísticas, trabajos de compilación; sino creaciones artísticas, producciones originales, de valor literario y documental.

“Hay libros hechos de libros y libros hechos de vida”, sentenció Unamuno. Los de Prieto son de los segundos. Están impregnados de vida, pre­ñados de humanidad. Le sobran episodios en su azaroso vivir y en su directa observación de la vida, para llenar páginas y formar volúmenes. No es él un autor neo sensible, de cultura exclusivamente libresca, elaborador frío de literatura aguanosa y culteranista. Prieto conoce el mundo y lo interpreta; conoce la vida y la traduce. Su tema predilecto es el del hombre.

Media docena de libros originales —algunos de los cuales ha visto agotarse—, varias conferencias y cientos de artículos y colaboraciones apa­recidas en publicaciones del país y del extranjero, forman su haber literario. Al estudio de su labor ha dedicado el meduloso escritor Juan Julián Lastra, un interesante trabajo critico que integra su libro “Impresiones literarias”.

EDITORIAL SER.

Rodolfo A. Bardelli – Alfredo M. Ghioldi  (Directores).

Buenos Aires. 1938

 

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Por la Dra Carmen Casado Linarejos.

Catedrática de Lengua y Literatura Española

 

La novela hispanoamericana ha conocido —en la segunda mitad del siglo XX— un momento de desarrollo único en su historia, tanto por su indiscutible calidad, como por el reconocido y muy merecido éxito, tanto de crítica, como de público. La coincidencia en el tiempo de nombres de extraordinario talento, hizo que la novela americana en lengua española se situara a la cabeza de los grandes escritores, tanto en aquel continente como en el europeo. Pero ese «boom», como lo llamó José Donoso, uno de sus protagonistas, de la narrativa no surgió por generación espontánea, sino que fue el resultado de la preparación realizada por sus antepasados que escribieron en las primeras décadas del siglo.

 

LA NOVELA HISPANOAMERICANA DE 1900 A 1950 :

Se puede afirmar que el realismo narrativo es la técnica dominante en estos inicios del siglo XX y la temática más frecuente gira en torno al intento de presentar la peculiaridad americana. Con este fin, los novelistas se centran en dos aspectos fundamentales:

1.º.- La naturaleza americana exaltada en toda su grandiosidad y elevada a la categoría de divinidad virginal, cuyo inmenso poder determina el destino del hombre. Es la novela de la tierra o telurismo, que dio frutos tan notables como Doña Bárbara, en Venezuela, La vorágine, en Colombia, o Don Segundo Sombra, en Argentina, la novela de la Pampa y el gaucho.

La primera de ellas nos presenta la dureza de la vida en la sabana venezolana grandiosa y despiadada. Su autor —Rómulo Gallegos— uno de los grandes autores de la novela hispanoamericana creó esa necesidad de narrar la epopeya del hombre enfrentado a toda serie de pruebas hostiles que le conducirán inexorablemente a la rendición ante la omnipotente diosa-naturaleza.

José Eustasio Rivera crea con La vorágine la novela de la selva amazónica, hermosa y terrible devoradora de vidas humanas. La novela posee cuadros de costumbres y consideraciones de tipo social, pero, por encima de todo, destacan sus magníficas descripciones.

Quizá sea el argentino Ricardo Güiraldes, autor de Don Segundo Sombra, el novelista que mejor supo mostrar esa profunda interrelación genesíaca entre el hombre y la tierra, incorporando muy acertadamente los rasgos costumbristas a la épica lucha contra los elementos, sin caer en aspectos triviales o folklóricos, tan frecuentes en los relatos de la época.

2.º .- El segundo aspecto que caracteriza la novela hispanoamericana de comienzos del siglo XX es la exaltación idealizada del indígena con un propósito de denuncia frente al explotador ambicioso y cruel que los desprecia y utiliza con fines egoístas. Es la novela indigenista, cuya raíz hay que buscarla en el romanticismo europeo y su doctrina del «buen salvaje» roussoniano, a la que se suma el propósito de búsqueda de lo autóctono y la preocupación social.

Es en 1919 cuando el boliviano Alcides Arguedas publica Raza de bronce, en la que el indio del altiplano andino aparece románticamente idealizado frente a la impiedad de los terratenientes.

En esa línea se sitúa el ecuatoriano Jorge Icaza con títulos como Huasipungo, o Elchulla Romero y Flores, novelas en las que la violencia llega a alcanzar tintes de truculencia en su deseo de denunciar la dramática situación de los indios.

El gran novelista de la corriente indigenista es el peruano Ciro Alegría (1909-1967) autor de tres novelas y una colección de relatos. Sin renunciar a su propósito de denuncia, hay en sus novelas una evidente preocupación artística y una marcada superación del realismo, lo que pone de manifiesto el cansancio que se estaba produciendo del realismo narrativo. Los frutos más evidentes de este hecho serán, entre otros, la irrupción de la imaginación y los elementos fantásticos.

Fenómeno este tan bien descrito por Alejo Carpentier para quien la asombrosa realidad hispanoamericana no cabe en el realismo puro, por lo que inventa la expresión «lo real maravilloso», marcando, así, la transición a la extraordinaria generación de novelistas, a la que él mismo pertenece.

El panorama narrativo cambia a partir de la mitad del siglo con la obra de una serie de escritores cuyos relatos han superado la realidad inmediata para mostrar otra realidad extraña, inquietante, mágica y fantástica. Los iniciadores son Jorge Luis Borges, Miguel ángel Asturias, Alejo Carpentier, Ernesto Sábato, Juan Carlos Onetti y otros que abrieron el camino de lo que será la antesala del «boom» y el definitivo reconocimiento a la calidad literaria de los autores hispanoamericanos. Estos autores salvarán a la narrativa de la crisis en la que la sumió el exceso de regionalismo, realismo, costumbrismo y protesta.

Desde los años cincuenta, pero con especial incidencia en los sesenta, se produce, por muy diversas razones, el citado «boom» de la novela hispanoamericana. Escritores como Cortázar, Fuentes, García Márquez o Vargas Llosa cuya obra se caracteriza por la perfecta asimilación de la más novedosa narrativa occidental, sobre todo norteamericana —Faulkner, Hemingway o Conrad— y la experimentación formal.

 

LA NOVELA DE LA PATAGONIA : ESTRUCTURA Y ARGUMENTO

En este contexto de la primera mitad del siglo XX se publica en Buenos Aires, en 1.938, La novela de la Patagonia, relato muy acorde con su tiempo, como claramente especifica su autor en la dedicatoria, aunque sin renunciar a su espíritu romántico, como explica en la introducción en la que nos presenta a Germán, el protagonista del relato y alter-ego del autor, al que compara románticamente nada menos que con Don Quijote en su búsqueda del ideal, en el caso del manchego, inexistente, pero muy real en el caso de Germán: alcanzar el éxito como escritor. De él dirá su creador:

           «Fue su vida una marcha constante hacia el ideal» ( pág. 15 ) para, en el camino lograr «el éxito material que él no perseguía» (pág. 16 ).

La novela viene dividida en cuatro partes de desigual extensión, en cada una de las cuales los motivos y estructura básica son paralelos: Germán, perito mercantil, se gana la vida como contable o tenedor de libros en diferentes establecimientos bonaerenses, tarea que no le gusta, pero que lleva a cabo afanosamente con el sueño de amasar una fortuna que le permita dedicarse plenamente a realizar su sueño como escritor de éxito. El relato arranca en la capital argentina, donde Germán no halla sosiego. Como todo héroe romántico siente esa inexplicable desazón que le conduce a una permanente huida de un ambiente que él considera sórdido, en profundo contraste con su temperamento idealista y sentimental. Inicia un largo y penosísimo viaje hacia el sur. Su destino, Neuquén, en la Patagonia.

La descripción del viaje, en condiciones durísimas, es una sucesión de anécdotas que van ilustrando las sensaciones que el autor quiere trasladar a los lectores, a la vez que ponen de relieve la determinación de Germán. Pero es, ante todo, el contacto con los indígenas lo que vertebra la simbiosis entre la tierra y sus habitantes, así como la toma de contacto de Germán con su nueva realidad. No podía faltar la reflexión de tipo social, tan inseparable de la novela de estos años.

El capítulo IX de esta primera parte, titulado barojianamente «La lucha por la vida» lleva un largo epígrafe que revela aquella actitud:

«Los pulches o araucanos del Neuquén. Su incorporación a la civilización. Su situación de inferioridad. Su despojo y persecución como raza réproba, no obstante sus virtudes» (pág. 93). Los doce capítulos que integran esta parte de la novela consisten en relatos de las aventuras que van forjando el carácter de Germán, dándole a conocer la condición humana con sus traiciones y contradicciones, pero Germán no decae jamás, sino que sigue alimentando su ideal de gloria y renombre literario, llenando su escaso tiempo libre con lectura. Al mismo tiempo asistimos los lectores al descubrimiento que Germán va haciendo del mundo indígena «tratando de penetrarlos psicológicamente, estudiando sus costumbres, idiosincrasia e idioma» ( pág. 47 ).

A partir de estos momentos, la atención del autor se centra en el exótico mundo araucano y, de él, a la peripecia humana de Germán. A través de su mirada vamos conociendo un mundo que se va haciendo. Los araucanos que dibuja nuestro joven soñador se encuentran aún en un estadio intermedio en el camino hacia su integración en el mundo de los europeos que han implantado sus negocios en la Patagonia con la misma intención que Germán: amasar dinero para regresar a la civilización. No aparece, por tanto, ningún propósito colonizador, sino únicamente, el explotador.

En Neuquén se instala Germán para llevar las cuentas en un boliche en el que convive con un cordobés y un danés malintencionado que le hace la vida difícil por su mal carácter y sus pesadas bromas. Esta situación le inclina a acercarse a los indígenas. Vive en condiciones miserables, debiendo dormir sobre un mostrador y carente de las mínimas condiciones que precisa un ser humano. Pero Germán no se desanima, sino que la llama de su sueño permanece inalterable y le alumbra con fuerza para resistir.

Su curiosidad le lleva a fijarse en las diferentes etnias que pueblan la región, pero le atrae, de modo especial, el mundo de los araucanos. Aprende su lengua y sus costumbres:

«A Germán le interesaban mucho los indios, sus usos y costumbres. Veía en ellos a las víctimas propiciatorias de la civilización, a los parias de la región, a quienes todos se sentían con derecho a esquilmar y explotar a su gusto y gana. Germán, que, como Jesús, estaba siempre con los humildes, los desheredados, tenía que estar al lado de los indios del Neuquén. Y no sólo aprendió algo de su lengua, sino que los observó y estudió a su modo, investigando cuanto pudo acerca de sus hábitos de vida en el presente y en el pasado. Y tomó los correspondientes apuntes para utilizarlos algún día.» (pág. 52).

El interés que el mundo indígena despierta en Germán lo refleja el autor ofreciendo exhaustivos datos sobre los araucanos, tomados principalmente de su experiencia directa, pero también de sus lecturas. El poema épico de Ercilla, La araucana, junto a libros de historia van llenando páginas de la novela que nos apartan momentáneamente del hilo central del relato, trasladándonos al terreno de la antropología o la etnografía. Sorprende la mención a Baroja en términos que llaman la atención por su tono.

«Por lo pronto Baroja ha dicho —cuando solía decir cosas interesantes—,que vale más ser salvaje entre salvajes, que esclavo entre civilizados» ( pág. 95 ). A pesar de lo cual, es evidente la presencia de Baroja en el pensamiento de nuestro autor, tanto en el título de esta primera parte, como ya indicábamos, como en el dibujo del personaje.

Germán nos recuerda a Andrés Hurtado, el alter-ego de Baroja, tanto por su idealismo como por la estructura de sus viajes, que no son sino el envoltorio de su trayectoria vital. Estos viajes de Germán se vertebran en un mismo sentido: de Buenos Aires a la Patagonia y viceversa.

De esta manera, el relato siempre se organiza en forma radial, teniendo como centro la Patagonia, que se convierte, así en la protagonista del relato. Allí intenta Germán conseguir un capital que invertirá en Buenos Aires donde piensa realizar su sueño, pero cada intento se convierte en un fracaso. Tras el primer intento, regresa a Buenos Aires donde conoceremos a dos personajes importantes en la vida de Germán : su amada Margarita y el reencuentro con un amigo de la infancia: Benicio. Desea entonces quedarse en Buenos Aires, junto a ellos, pero no encuentra ningún trabajo, lo que le llevará a reiniciar su aventura patagónica en la tercera parte del relato, la más larga de la novela y la más importante.

A su vez, este capítulo puede subdividirse en dos partes con un regreso a Buenos Aires que sirve de línea divisoria. En esta primera salida —la segunda de la novela— se dirige al norte de la Patagonia, que continúa fascinando la sensibilidad de Germán por su grandiosa belleza, a pesar de las terribles dificultades que los esforzados que allí se instalan deben soportar. De nuevo destacan las vivas descripciones de la vida en la Patagonia que nos producen la impresión clara de situaciones no inventadas, sino realmente vividas por el autor. A este respecto, hemos de mencionar el episodio en que Germán es despertado durante la noche por sentir un agudo pinchazo como de alfiler:

«Al prender la luz, Germán vio cómo corrían, pared arriba, como quinientos bichos parecidos a escarabajos.

El peón lo tranquilizó: No haga caso, patroncito, son vinchucas. De eso hay mucho por aquí.

Las tales vinchucas eran unas chinches gigantes, del tamaño de las cucarachas, cuyas picaduras son dolorosas y producen inflamación. Son aladas y abundan donde hay árboles, entrando en las habitaciones iluminadas, ocultándose durante el día en las rendijas del techo. A Germán lo acribillaron a lancetazos, impidiéndole descansar.» (pág. 162)

A pesar de los sufrimientos y durísimas pruebas que Germán deberá afrontar, su idealismo no decae, sino que se ve espoleado por la belleza del lugar:

«¡Qué hermoso lugar para soñar, para soñar con Margarita y con las letras, mis dos grandes sueños !…¡ Qué feliz soy!-añadió sintiéndose dichoso sin saber por qué.» ( pág. 165 ).

Las largas y heladas noches del invierno austral transcurren contando y escuchando relatos pintorescos transmitidos oralmente como en los albores de la civilización. Germán se extasía no solo ante la belleza de la naturaleza, sino también ante la exuberante riqueza en «oro, petróleo, cobre, plata, carbón, sal, azufre, aluminio… constituyendo riquezas incalculables» ( pág, 170 ), lo que provoca en Germán reflexiones acerca del mal gobierno central que sólo se ocupa de la capital.

Tras ocho meses, regresa a Buenos Aires para visitar a Margarita y, enseguida, reemprender viaje a la Patagonia chilena donde se convertirá en empresario al adquirir, con un socio, un boliche al pie de los Andes. Lleno de entusiasmo veía, ahora sí, su sueño hecho realidad y «todo se lo debía a la Patagonia… ¡Ah Patagonia mía! —exclamaba— ¡cuán cerca estás de mi alma!» ( pág. 181 ). Y de nuevo el autor se recrea en la minuciosa descripción de usos y costumbres de todo tipo que anima con notas de ambiente y la presencia de personajes que dan vida a aquellos cuadros. Entre ellos, destaca Luisa, una indígena, vecina de Germán, que frecuenta el boliche y que se quedará a vivir con él. Es esta una relación en la que no aparece la palabra «amor» y que, por lo tanto, no se considera una traición a Margarita sino que: «En estos momentos emocionantes, Germán pensó en Margarita, quien de haber sabido la aventura había de perdonarlo. No era traicionarla; era resolver el problema de la soledad, era solucionar una cuestión afectiva de gran importancia. ¡Se sentía tan solo! Y la resolvía al uso de aquellos lugares tan distantes del registro civil.» (pág. 225).

 

IMPACTO DE LA PATAGONIA EN EL PROTAGONISTA

El carácter de Germán se va afirmando a medida que su comunión con la tierra se va consolidando. Esa unión dará sus frutos en la personalidad del joven, el más notorio será el sentimiento de libertad:

«Otro atractivo de aquella vida de íngrimo poblador del desierto que hacía Germán era su libertad absoluta…..Hacía lo que quería sin testigos, sin prohibiciones: él y su pico blanco, ante la naturaleza y en la naturaleza misma, sin hombres que coartaran su acción, ni más leyes que las naturales. Se sentía dichoso en aquella amplitud pétrea, en aquella infinitud cósmica.» (pág. 229).

Este sentimiento de plenitud se ve empañado por el atraso en que se vive en la Patagonia. Culpa a los dirigentes políticos que parecen empeñarse en mantener a la zona en el mayor abandono y el más perfecto olvido. Es el eterno conflicto entre la vida en la naturaleza y las carencias materiales que dicha vida mantiene. El estado anímico de Germán oscila entre la exaltación lírica y el pesimismo. El autor nos lo describe de modo indirecto. Germán mantiene correspondencia con su amigo Benicio y, en una ocasión, le confesará: «Toda esta inmensidad me resulta estrecha…» (pág 234).

El autor, siguiendo la romántica tradición costumbrista, aún practicada en el siglo XX por algunos rezagados, se recrea en la descripción de una trilla: técnica, utensilios, esfuerzo de los hombres que participan en ella. Y, como es habitual en estos relatos, el autor sabe cómo producir la sensación de vivacidad, su interés en la pintura de ambientes y la sencilla alegría de las gentes expresada en «los cantares de trilla», de clara raíz española, que el autor ha cuidadosamente recopilado.

Con la llegada del durísimo invierno austral, le llega a Germán una carta de Benicio en la que le comunica la muerte de su amada Margarita, a consecuencia de la cruel gripe de 1.918. El golpe es terrible y Germán se refugiará, una vez más, en lo único que le mantiene en pie: el sueño de la gloria literaria. Desea, ante todo, triunfar como autor teatral. Pero es el fracaso de uno de los dos ideales del romántico Germán.

El negocio prospera y Germán empieza a creer sinceramente que su sueño se hará realidad y podrá regresar a Buenos Aires con el dinero suficiente para dedicarse a la literatura con total disposición de cuerpo y alma. Pero algo va a interponerse en la realización de su proyecto. El 21 de febrero de 1.922 y tras la celebración de las Candelas, el boliche de Germán será asaltado por cinco forajidos armados que le despojarán de todos sus bienes. El relato del asalto, los diálogos entre los malhechores y Germán y el detalle de situaciones como el que describe el llanto de la niñita de Germán y de Luisa, que lloraba de hambre y uno de los ladrones le prepara el biberón y se lo ofrece a la pequeña para que se duerma son, probablemente, alguno de los momentos más logrados de la novela. Hay rapidez, tensión dramática y sensación de algo vivido por la plasticidad de las descripciones, hasta el punto de que el lector «vea» la acción con una técnica cinematográfica.

Germán asume los hechos con la resignación romántica de quien se considera una víctima de un destino cruel:

«Y, como no hay más remedio que cumplir los imperativos del destino, Germán dejó, no sin un íntimo dolor, aquellos cerros, en cada cúspide de los cuales flameaba un pedazo de su alma y en cada base anidaba el recuerdo de una aventura.» (pág. 279)

 

EL COMIENZO DEL FIN

Regreso a Buenos Aires, donde se dedicará a escribir. Publicó un libro de versos, pero su anhelo es triunfar como autor teatral. Escribe algunas obras que ningún empresario se decide a estrenar, lo que Germán considera un fracaso. Para colmo de desgracias, no consigue encontrar trabajo y su situación, tanto económica como anímica, es crítica. Hasta el punto de desear la muerte y estar a punto de arrojarse al río para acabar con sus sufrimientos. Por suerte, su fiel amigo, Benicio, descubre sus intenciones y logra disuadirlo.

Pero Germán ha despertado definitivamente de su sueño y ha asumido su fracaso como escritor. Vuelto a la realidad y desprovisto ya de todo ideal-ha fracasado su ideal amoroso y su ideal literario —se producirá en él una transformación tan radical que provoca en los lectores cierto estupor. Un comisario de policía sin escrúpulos le propone un negocio bastante turbio. Germán acepta y, de nuevo, en su adorada Patagonia regentará un boliche en el que se enriquece trampeando y engañando a los ingenuos clientes, tanto en el peso como en las cuentas, pero, con la complicidad del comisario, nadie se atreverá a denunciarlo.

Han pasado doce años y Germán es un hombre rico que se ha casado con su sirvienta, que, antes, fue la concubina del maestro. Su deshonor es completo. Con su esposa forman una familia numerosa de ocho hijos. Parece haber asumido plenamente su nueva situación y haber olvidado sus sueños juveniles y su doble fracaso. En ningún momento muestra orgullo alguno por sus riquezas, pero las disfruta sin remordimiento alguno. La nota amarga la pone el autor en el momento del anticlímax novelesco. Germán regresa a Buenos Aires para entrevistarse con Benicio quien, a pesar de su desacuerdo con las últimas decisiones de Germán, le sigue siendo fiel. Asisten al teatro donde se representan los últimos éxitos de autores coetáneos y conocidos de Germán, quienes, a diferencia de él, han logrado el triunfo literario. Germán siente el mordisco de la envidia y la novela se cierra con las reflexiones que hace Germán:

«Dinero, sí…¡No soy más que una caja fuerte, un hombre lleno de billetes, una bolsa de inmundicia!…¿Para qué sirvo?…¿Dónde están mis sueños, dónde mi vocación literaria, dónde mis ansias de encumbramiento espiritual, de grandeza literaria?…No, amigo mío, no. ¡Nunca me he sentido más insignificante que ahora con todo mi dinero!…¡Puaj!…»( pág. 301 )

 

GERMÁN  ¿EL ULTIMO ROMÁNTICO ?

Como puede observarse, La novela de la Patagonia es la historia del final del espíritu romántico del joven Germán y el triunfo de Germán adulto asentándose en el materialismo más despreciable. La novela está escrita en tercera persona con un autor omnisciente que ofrece continuamente el punto de vista del personaje como su alter-ego. El interés del autor se focaliza en dos vertientes: una, puramente costumbrista y, otra, de carácter psicológico, primando la primera hasta tal punto que podría decirse que Germán no es sino el soporte o recurso del autor para potenciar su intención de dar a conocer la Patagonia en un momento histórico en el que aquella región se encuentra en tránsito hacia una etapa más moderna, pero también perdiendo los encantos de aquella situación ante-histórica.

El relato entronca directamente con el realismo decimonónico, que surgió tras la crisis de las ideas románticas, pero sin haberlas superado por completo. Sobre ese tejido ideológico, el autor evidencia la influencia tanto del indigenismo, en su continua exaltación de las bondades de los araucanos y las maldades de los capitalinos que se trasladan allí con una única finalidad egoísta, como del telurismo tan de moda en los años en que Prieto del Egido publica su novela. El relato posee una estructura muy clara : los distintos escenarios en que transcurre la acción se combinan de forma radial: de Buenos Aires a la Patagonia y viceversa. Dualidad que se manifiesta asimismo en el diseño del personaje: idealismo y realismo. El idealismo manifestado, a su vez, en dos frentes : el amoroso, también dual —amor carnal y amor ideal— y el ideal de vida —la gloria literaria y el triunfo del dinero a cualquier precio, sin el cual no podría alcanzar aquella, pero con él, solo logra la amargura de su fracaso como escritor.

En sus sueños llega a compararse con los escritores que más admira: Cervantes, Espronceda, Zorrilla, Moratín… pero, en ningún momento se plantea ningún problema de carácter puramente artístico. Él, ante todo sueña. Es cierto que, en sus ratos libres, lee, pero en ningún momento observamos que piense en problemas de tipo técnico acerca del arte de escribir. Se puede decir que piensa más en la gloria que en el camino para alcanzarla, lo que evidencia el intenso idealismo juvenil y romántico de Germán.

En un espíritu romántico como el suyo, era lógico que la imponente naturaleza de la Patagonia en estado puro y salvaje le produjera un fuerte impacto. Lo mismo le ocurre con los indígenas. Idealiza su mundo en la línea del «buen salvaje» y, al oponerlo a la mezquindad del hombre blanco, en la misma línea de la novela Raza de bronce, del boliviano Alcides Arguedas de quien arranca el indigenismo andino. Como hemos indicado, en esa continua exaltación de la Patagonia, abundan los comentarios que podrían calificarse como de tipo «social», al constatar las abismales diferencias entre la vida urbana y la vida de los araucanos, pero es claro que el propósito del autor no es reivindicativo, sino que parece que esos comentarios potencian la exaltación del indígena al aparecer como víctimas inocentes del poder centralista.

La evolución que va experimentando Germán nos lo muestra como el joven inocente que va madurando y fortaleciendo su carácter a medida que la dura y áspera realidad lo van forjando, pero sin perder aquella inocencia primigenia, pues parece que la naturaleza lo protege. Pero la muerte de Margarita marca el comienzo de su desgracia que culmina con su implicación en el sucio negocio que le hará rico dejándole la amargura, insensibilidad y profundo malestar consigo mismo.

Por ello, creo no equivocarme al afirmar que La novela de la Patagonia es una novela romántica con tintes indigenistas. Es cierto que el estilo y el lenguaje está lejos de la molesta grandilocuencia romántica. El resto de los personajes son prototípicos: Margarita es la joven inocente y hermosa. Enamorada espera pacientemente el regreso de Germán para realizar su sueño de amor. Benicio es el amigo fiel, el padre que Germán no conoció y el hermano que nunca tuvo.

Para concluir podemos decir que el autor antepone la eficacia a la retórica y sus dotes como escritor alcanzan sus mejores momentos en las descripciones de la Patagonia, la viveza en la pintura de ambientes o los retratos de personajes secundarios que animan aquellas descripciones. La estructura externa está bien cuidada, manteniendo en todo momento esa dualidad entre campo y ciudad, así como entre amor ideal y amor carnal y, presidiendo esa dualidad, la profunda herida interior de Germán resultante de contraponer su vida soñada a su vida real.

La novela está narrada en tercera persona, a pesar de lo cual, mantiene el tono de memorias o confesiones, así como de una crónica periodística sobre la Patagonia, la verdadera protagonista de la novela, en quien también se manifiesta esa dualidad estructural: madre generosa de quien se acerque a ella para extraer sus tesoros, pero también diosa crudelísima e inhóspita, que impone sus condiciones a los que se atreven a hollarla. En resumen, una novela interesante, producto de su tiempo y exponente del «sueño americano». En este caso, un sueño americano al sur profundo del continente.

Carmen Casado. Junio de 2012

la critica literaria

                             

 

 

 

De La Nación, de Buenos Aires:

Una trama simple y sencilla, sirve al autor de esta novela para hacer un relato amplio y documentado de la existencia apa­cible a veces, a veces atormentada, que llevan los pobladores de las regiones del sur del país, “pionners” del progreso, que se adentran en el corazón de las selvas y las montañas y que triun­fan en ocasiones y en ocasiones fracasan, pero que siempre saben dar una lección de energía, de tenacidad y de intrepidez.

A través de las páginas de esta novela entramos así en con­tacto con la naturaleza bravía del Neuquén y con sus pobladores indígenas, en su mayor parte los vilipendiados araucanos…

El autor no ha pretendido, evidentemente, hacer labor retórica; porque el interés del detalle documental es casi siempre superior al de la trama novelesca, y porque los capítulos de índole folkló­rica son, sin disputa, los que más atraen por la sensación de verismo que les ha impreso el señor Prieto del Egido.

 

 

De Noticias Gráficas, de Buenos Aires:

Una novela con un argumento que lo mismo podría ser cualquier otro; es decir, un argumento que sólo sirve de motivo para construir una riquísima obra pletórica de observación y de clima. Eso es en breves palabras la “Novela de la Patagonia” de Ignacio Prieto del Egido…

Dentro del marco enorme y propicio de la Patagonia argen­tina, Ignacio Prieto del Egido sitúa a sus personajes en una especie de peregrinación a través de esas tierras de pintoresco relieve; y es tanto el contenido —no sólo descriptivo, sino que con toda justicia podríamos llamar documental— que existe en esta obra, que el papel patagónico parece no reservado a un hombre, sino a un am­biente; es como si lo individual desapareciera detrás de la masa natural y humana, que campea en toda la obra con la jerarquía de su sola presencia.

El arte popular sirve para reflejar la autenticidad de una expre­sión. Música, poesía, danza. Costumbres arraigadas en las socieda­des autóctonas, que pasan por el tamiz de una estética sin exigen­cias ni directivas; eso es el arte popular. Y nada mejor que él para retratar a un pueblo. Por eso gran parte del valor —que hemos llamado documental— existente en este libro reside en el acierto de saber reflejar todo ese acopio de agudezas punzantes, de modismos pintorescos, de comparaciones sutiles, que contiene el arte de tierra adentro; reflejo a veces descarnado y escueto, pero siempre fiel; labor quizás más meritoria que la verborragia —no siempre imaginativa— de que hacen gala muchos de nuestros ilustrados novelistas.

 

 

De La Razón, de Buenos Aires:

… “La Novela de la Patagonia”, divulga grandes enseñanzas relativas a las condiciones económicas, sociales, políticas y cultu­rales en que se desenvuelve la vida en aquellas alejadas regiones de nuestra tierra, huérfanas de medios de comunicación, de policía culta y de justicia eficaz.

La lectura seduce y alecciona. Pocas obras se han escrito últimamente sobre la Patagonia tan impregnadas de verismo, como esta novela de Prieto, donde no hay intrigas amorosas, pero sí una suma de informaciones útiles para el estudioso y para el gober­nante; para el sociólogo y para el ingeniero…

Ignacio Prieto ha dado a la literatura nacional un libro real­mente meritorio.

 

 

De Claridad, de Buenos Aires:

… “La Novela de la Patagonia” es una excelente novela del sur argentino: robusta, sana, objetiva, real… las mismas desviaciones del género, hacia la crónica o la historia, hacia el folklore o la geografía, contribuyen a dar al libro un interés superior, directamente entroncado con el que fatalmente debe despertar en los argentinos de las ciudades el conocimiento de un territorio sorprendentemente rico de sugestiones, de bellezas costumbristas y de una vida insospechable, pujante y generosa. La apariencia biográfica, por otra parte, facilita el vigor descriptivo, inyectándole humanidad. Es de suponer, pues, que con los elementos de que es poseedor Ignacio Prieto, con mayor dominio de la técnica del novelador, más experiencia y menos premura, podrá ofrecernos a muy breve plazo la verdadera novela de la Patagonia, con todos sus desgarraduras y crudezas, situándose así en primera fila entre los novelistas regionales del país.

 

 

De Ricardo Rojas:

“La Novela de la Patagonia” es una obra llena de interesantes sugestiones por su asunto y su sinceridad.

 

 

De Félix San Martín (carta al autor):

… Tiene su libro magníficas páginas que retratan con fidelidad fotográfica costumbres de este confín de la patria. Ha reunido usted datos y antecedentes interesantísimos acerca de los araucanos… Sus páginas, como más arriba apunto, son cuadros de una realidad que yo, con 32 años de vida neuquina, los firmaría con las dos manos… Que usted ha vivido en este territorio y posee un don superior de observación, no me cabe duda…

 

 

De Manuel Blasco Garzón:

Prieto del Egido, es antes que nada escritor. Escritor claro y limpio, que traduce en palabras sus impresiones y que da a sus ideas una expresión meridiana…

“La Novela de la Patagonia” tiene un valor documental inestimable y un valor literario que surge de la forma genuinamente sencilla de enfrentarse el autor con la vida que le circunda y con el paisaje que le rodea y le encanta. Y tiene además, este fecundo valor: es un libro patrióticamente argentino, en que se saca a la luz, sin acento polémico y en contemplación amorosa, un pedazo ingente del solar argentino, desconocido para muchos e ignorado para los más llamados a la realidad; este libro es un libro sana y fecundamente patriótico.

Eduardo Mallea ha escrito unas páginas vivas, eficaces, limpias, haciendo historia de una pasión argentina. Pues bien; éstas de Prieto del Egido, son eso. Pasión y dolor de argentinidad, que tienen el mérito de haberlas calentado el autor, con su propia vida, trasuntada a lo largo del libro con aquella leve desviación que hace imprescindible la necesidad de corresponder al título, dándole un carácter de novela.

Creo que ha sido Manuel Gálvez quien en una novela, “Hombres en soledad”, ha evocado esa desilusión del intelectual que se ve agobiado por el medio y que desea poner su planta viajera, en otros lugares de Europa, para llenarse el alma de vieja y pro­funda y sabia cultura. Como réplica documental, estas páginas de Prieto del Egido, son bien aleccionadoras. En ellas se dice esta verdad: la del paisaje magnífico, rotundo, cuajado de bellezas. La de las almas sencillas y claras, estremecidas de un ansia latente e intuitiva de saber. La del abandono de los hombres, que sitúan su ideal en viajes que no hacen la cultura, que está al alcance de todas las manos hoy y que tiene que labrarse aquí, con un acento, con un calor y con un ritmo, fundamentalmente argentinos.

Cuando se tiene presente un libro tan claro y tan profundo —la claridad no es enemiga de la profundidad—, uno labra esta conclusión: la verdadera obra está aquí. El verdadero acento se encuentra en el área argentina. Hay que hacer aquélla y sacar de mantillas éste, dándole un tono hispánico, aquel tono que tuvo eco ecuménico en la cultura del mundo en los siglos XVI y XVII y un matiz autóctono, que recoja esa complejidad de un medio en el que factores diversos, bajo un signo idiomático, labran el prodigio de esta fuerte y libre nacionalidad.

Esto y algo más, me inspira la lectura de este libro; libro que me deleita por su estilo ameno y sencillo, en el que surge la belleza con una clara facilidad, que revela un temperamento poético, de nobles y finas calidades literarias.

 

 

De Ángel Ossorio y Gallardo:

“La Novela de la Patagonia”, como reflejo de paisajes y cos­tumbres, es un libro excelentísimo. Tiene una exactitud fotográfica impresionante. Su realismo me ha afectado grandemente…

 

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San Martín de los Andes

 

En un reciente viaje ( Marzo de 2012 ) por la bella costa de Uruguay, tuve ocasión de coincidir, con una persona entrañable, Ricardo H. Caletti, de San Martín de los Andes, Argentina.

Recordé de inmediato que San Martín estaba en plena Patagonia argentina, donde Ignacio Prieto del Egido, mi tío materno, vivió unos 20 años y cuyas “aventuras” por aquellas tierras, describió en su obra: “La Novela de la Patagonia”, publicada en 1938.

Ricardo H. Caletti, de Prensa y Comunicación de la Cámara de Comercio, Industria y Turismo de San Martín de los Andes, puso en mis manos un excelente folleto, sobre este bello lugar, al que titulan “pueblo mágico “ del Neuquén argentino.

En octubre del 2014, se cumplió un siglo de la llegada de Ignacio Prieto del Egido – en un barco procedente de Cádiz (España)- a Buenos Aires, desde donde poco después se trasladó a la Patagonia. Aunque no parece que estuviera en San Martín, si recorrió lugares como Maquinchao, Zapala, Chos Malal, Andacollo o Buta Ranquil, todos ellos en la provincia patagónica del Neuquen.

Si en 1914, aquellos territorios eran lugares desolados, donde solo había algún “boliche perdido” en medio de la nada , hoy son centros de turismo con un interés especial; sobre todo Neuquén, San Carlos de Bariloche y San Martín de los Andes.

Cuenta el referido folleto, cómo San Martín lleva ya 100 años de turismo y es un destino por excelencia en la Patagonia argentina. ¡Lo tiene todo! Una naturaleza sin límites, una gente cálida, gran riqueza de culturas y amplia variedad de actividades.

En 1910, con ocasión del I Centenario de la Independencia de Argentina, Don Timoteo Ponce, construyó el primer hotel de San Martín, que estuvo en funcionamiento hasta 1986. Su primitivo nombre “Hotel San Martín“se cambió por el de “Hotel Lácar “a los pocos años.

En realidad, el pueblo de San Martín nació hacia 1890, con un perfil netamente agro-pecuario que fue cambiando de forma paulatina hacia una actividad forestal y maderera. En 1914, llegaba el ferrocarril a Zapala y en 1937 se creó el Parque Nacional Lanín del que Ricardo Caletti, es también un guía especializado.

Descubriendo San Martín de los Andes.

Este “pueblo mágico“ tiene hoy un alto atractivo turístico al estar enclavado entre montañas, lagos y bosques; rodeado por 420.000 hectáreas protegidas por el P.N. Lanín.

 

Su Aeropuerto de Chapelco, nació a principios de los años 70 para el uso conjunto de San Martín y de Junín de los Andes. Con ello se impulsó extraordinariamente el turismo en esta zona ya que en 1974, aterrizó el primer contingente de turistas para esquiar en las Pistas de Chapelco; el vuelo era de la compañía Austral y llegaba directo desde Buenos Aires.

En 1971, se había creado la Secretaría Nacional de Turismo y en 1972 se comenzó a ofertar el Tren de las Nubes en Salta. En 1973 se puso en marcha la Represa del Chocón, y algunos años después el Campo de Golf, diseñado por Jack Nicklaus.

Debido a la situación y clima, se diferencian perfectamente las estaciones, de manera que, cada una de ellas, marca los tiempos turísticos de San Martín. Veamos:

El invierno es tiempo de Nieve: ésta cubre las calles y tejados, las copas de los árboles, los jardines y hasta las embarcaciones. Con una alta seguridad, remontes y panorámicas, el Centro de Ski de Chapelco es el protagonista invernal que, con su gente cálida y su buena gastronomía de montaña es famoso en toda Sudamérica. Sin igual son los paisajes del P.N. Lanín que se descubren en excursiones tanto terrestres como lacustres. En aventura se recomiendan las caminatas con raquetas de nieve o los trineos de perros huskies al mejor estilo escandinavo y con guías de gran experiencia.

La primavera es tiempo de Renacer: es la época de las cascadas, alimentadas por los heleros del invierno; mientras, los brotes verdes asoman en los árboles y regresan las bandadas de pájaros. Frutos y flores ya atisban el futuro calor y se preparan para vivir. Comienza la Pesca deportiva, con visitantes de todo el mundo que buscan las Truchas marrones, arco iris o de arroyo. Entonces deslumbra la naturaleza de este rincón andino del Neuquén; la tierra contagia fuerza y vitalidad; belleza y fertilidad. Es la hora del senderismo, paseos a caballo, los 4 x 4, y el rafting en aguas bravas.

El verano es tiempo de Sol: tanto en la Montaña como en las Playas. Los márgenes lacustres de San Martín, albergan deliciosas playas donde nadar resulta inolvidable; y también el bucear. Como las de Quila Quina; Hua Hun en el lago Nonthue; o la de Lolog con diminutos cristales de obsidiana. Dentro del Lanín hay nada menos que 32 lagos y la temperatura del lago Lácar, supera la del Atlántico en Mar del Plata. A destacar, los Circuitos por el Parque Lanín y la famosa Ruta de los Siete Lagos en San Martín y Villa la Angostura.

El otoño es tiempo de Color: en esta época el color se apodera de todos los árboles, aunque naturalmente según las especies, pues comienzan antes las especies no autóctonas como los álamos y los frutales; los robles, lengas y raulíes forman una danza de colores; los cipreses, cóihues y maitenes en tonos de verde. Es la época de la Berrea para los Ciervos colorados que convocan a sus harenes. Y es, en definitiva la estación de los colores y los sentidos.

El gusto por la buena mesa tiene su parte en San Martín. La base son los platos tradicionales de la Cocina de Montaña: ciervo, trucha y jabalí; con hongos del bosque y finas frutas. Todo ello con un delicado regusto silvestre. A no olvidar que el Cordero patagónico es un clásico insustituible en cada lugar y que los Mapuches lo ofrecen junto con pan casero y tortas fritas. También fiambres y quesos ahumados Como buenos golosos, no olvidar los dulces, mermeladas y jaleas de frutos silvestres, los alfajores y el chocolate en bombones de la tierra.

Por último señalar que la frontera con Chile se ve cercana y por ello, los pasos internacionales como Hua Hun; Caririñe o Mamuil Malal, entre otros, permiten realizar Circuitos entre Argentina y Chile que aumentan, aún más, la oferta turística de San Martín de Los Andes.

Para más información:

Página web de Ricardo Caletti: www.desdeelsurnoticias.com

Turismo de aventura: www.bosquedeloshuskies.com

Sobre San Martín de los Andes: ccit@smandes.com.ar

Abril 2012, Julia Gómez Prieto